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“...
Siendo lo cómico la intuición de lo absurdo, me parece más
desesperanzador que lo trágico (...) Lo cómico es trágico
y la tragedia del hombre, ridícula”
Eugene. Ionesco
EL
REY SE MUERE
Proceso de su puesta en escena.
“El
rey se muere” constituyó para nosotros un fuerte
desafío: nos proponía una enorme libertad en el abordaje
posible, y, a la vez, muy estrictas limitaciones que debíamos descubrir.
Nos abría la posibilidad de una aventura estética, intelectual,
vivencial y -como en toda elección- ética.
Durante largas sesiones buceamos en libros de arte y de filosofía;
espiamos rostros y gestos de déspotas, nos internamos en los múltiples
estilos que el texto -a nuestro parecer- proponía: tragedia griega,
grotesco, music-hall, telenovela, clown, rituales primitivos, ópera...
En un proceso en el que primaba el respeto -en rigor, la devoción-
por la obra misma, se fueron descartando, eligiendo o metamorfoseando
ideas, gestos, juegos; se alternaron momentos de introspección
(era inevitable enfrentarse con el propio modo de “estar”
con la muerte), con sesiones plenas de humor (también inevitables).
Bajo la consigna del máximo rigor, y durante casi dos años,
se atravesaron angustias, entusiasmos, fabulaciones, discusiones, afirmaciones
e incertidumbres... hasta configurar el espectáculo bajo su forma
actual.
Por un lado, el estilo de trabajo del grupo nos condujo desde el comienzo
a experimentar la alternancia de los actores en los distintos personajes
y, sobre todo, en el que -según nuestra hipótesis- contenía
y era contenido por los demás: el personaje del Rey.
Por otra parte, para Ionesco -y para todo el llamado “teatro del
absurdo”- el “yo” psicologista, la “identidad”,
los rasgos individuales carecen de la menor importancia o no existen;
las fugaces identidades son intercambiables. En consecuencia, “el
Rey es todos”... y viceversa. En ese sentido, alberga todas las
estrategias posibles para enfrentar lo ineluctable.
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