El padecimiento de Laura Ingalls
Dirigido por Gastón Cerana y protagonizado por Carlos Da Silva, un unipersonal memorable sobre un ícono televisivo.
Marina Zucchi / Clarin
Advertencia Uno, antes de pasar por boletería: para disfrutar la obra en cuestión es vital ser eximio conocedor de La familia Ingalls o, al menos, del siniestro personaje de Nelly Olson. Los guiños de la historia sólo pueden descubrirse mediante un background de la mítica serie. Advertencia Dos: si la perversa Nelly (ícono que marcó a una generación) era objeto de odio, al salir de la función se transformará, mágicamente, en una criatura adorable gracias a su delirante y contundente parlamento.
Hechas las salvedades, puede decirse que el unipersonal Nelly Olson, -dirigido por Gastón Cerana y protagonizada por Carlos Da Silva en el Teatro Anfitrión-, representa una parodia bien lograda de aquella criatura que vivía para hacerle imposible la vida a la noble hija de ficción de Michael Landon en los setenta. Esta versión moderna y recargada de Nelly es mulata y caricaturesca y aún más perversa que la original. Varonil, discriminadora, guaranga, zafada y violenta, por momentos toma whisky, fuma y habla en castellano neutro pero mezcla chispazos de lunfardo. Si hasta pasará de un nombre extranjero a convertirse en "La Nely" local.
Hay más. Esta Nelly salta del siglo XIX a los umbrales del 2008: chatea con Landon, no admite en su messenger a Laura Ingalls y hasta toma prestado para su monólogo el inolvidable discurso de "carajo-mierda" de Mirtha Legrand.
La historia supone el arribo de la muchachita a la Argentina, país integrante de una gira por el globo en la que ella aprovecha para despotricar sobre su archienemiga y hundirla. Pero termina ahondando en la discriminación, en los sentimientos más bajos del ser humano y deja en evidencia la supremacía de un "primer mundo" sobre los "sudacas".
Con una escenografía austera (apenas una pizarra, un banco, un perchero, una mini heladera y un televisor), la pequeña sala recibe a los espectadores con la simpática versión electrónica del tema musical que se grabó en la mente de los seguidores de la serie. Enseguida, envuelta en un vestido multicolor, repetirá hasta el cansancio que es la más rica de Minnesotta, que cuenta con decenas de "sirvientas" y hablará despectivamente de su rival como "la pordiosera".
Más tarde, el recurso de la TV prendida desatará carcajadas: habrá destellos de la vieja serie y la pantalla quedará congelada en la imagen de cada integrante de la familia para que Nelly haga su despiadada radiografía. Desmitificará así a los nobles personajes y tejerá teorías como el por qué del éxito de Charles (el abnegado Michel Landon) con las espectadoras: "Las amas de casa desesperaban por su sudor de macho trabajador", conjetura. Y por obra de la edición, Da Silva, la Nelly "de mentiritas", también aparecerá en pantalla, contestándole a una Laura Ingalls realmente desconocida, acusada, por ejemplo, de quinielera.
La obra es un ensamble constante de delirios. Desde el vamos corre el riesgo de ser sectaria, entendible para unos pocos. Pero probablemente esté concebida con esa intención: que unos pocos ejerciten la risa a fondo.
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