Esperando a Godot


 

Esperando a Godot
Ficha técnico artística

Autoría: Samuel Beckett

Elenco (por orden de aparición):

Arturo Silva
Carla Canosa
Lucía Pratolongo
Matías Panelo
Guillermina Schauman
Desirèe Salgueiro
Jorge Drechsler

Diseño de luces: Ignacio Spaggiari
Diseño espacial: Berta Goldenberg
Diseño de vestuario: Berta Goldenberg y Grupo Incallables
Operación de luces: Ignacio Spaggiari

Producción general: Grupo Incallables y Teatro Anfitrión

Dirección y puesta en escena: Berta Goldenberg


Comenzó con una simple propuesta: un grupo de alumnos-actores investiga cuales preguntas lo desvelan, lo apasionan y lo motivan a elegir y trabajar un texto teatral, como actores, como artistas, como humanos.

Fue así, tras búsquedas, tanteos, lecturas, ensayos, que “Esperando a Godot” fue descubierta una vez más.

Una vez mas deslumbro, despertó, asombro, interrogo, hablo de nosotros.
Una vez mas esta obra estrenada en Paris en 1953, representada, estudiada, interpretada innumerables veces en innumerables países, fue objeto de conmoción y de revelación incesante.

Buscar el sutil y exquisito equilibrio entre humor y desesperación; lanzarse al juego huyendo de la frivolidad, desprenderse de teorías y escuchar solo al poeta, a sus exactas palabras, a sus silencios…hoy percibimos que esta aventura corrida con total entrega (e interrumpida solo porque alguna vez hay que interrumpir) nos ha recompensado largamente con goces, angustias y alegrías, paradójicos -y creo- muy becketteanos.

Berta Goldenberg

 

 

Un Godot repleto de hallazgos
Por Ernesto Schoo para La Nación, jueves 2 de julio de 2009.

Esperando a Godot. De Beckett. Dirección: Berta Goldenberg (Taller de Investigación del Anfitrión). Con: Arturo Silva, Catalina Basso, Lucía Pratolongo, Matías Panelo, Desirée Salgueiro, Vanesa Castañón y Marcos Nacucchio. Luces: Ignacio Spaggiari. Teatro Anfitrión. Jueves, a las 21.
Nuestra opinión: muy buena

Kafka lo abocetó y Beckett le dio los trazos definitivos: entre ambos crearon el retrato más verídico de la absoluta soledad del hombre en el tiempo de las máquinas y el avance tecnológico y científico. Vladimiro y Estragón (Didi y Gogo, para los íntimos) tan sólo se tienen el uno al otro, en ese páramo donde únicamente hay un árbol seco. Quiénes son, de dónde vienen, adónde van, ellos no lo saben; nosotros, testigos de sus idas y venidas, tampoco. A estas alturas, ambos personajes, sus circunstancias y sus andanzas son ya mundialmente conocidos: no vale la pena describirlos de nuevo en esta reseña. Quizás inspirados en el vagabundo de Chaplin (de quien heredan el sombrero hongo y la preocupación por el decoro de sus harapos) y en el inmutable Buster Keaton (empeñado en sobrevivir, con precisas acrobacias y el menor daño posible, a las peores catástrofes), Didi y Gogo pasan las horas, día tras día, en conversaciones vanas, en travesuras tontas de las que siempre salen malparados. "Nada que hacer" es la frase inicial de un diálogo de sordos estirado a través de un tiempo que parece hueco. Salvo esperar que un tal Godot venga a visitarlos, tal vez para dar un sentido a sus vidas y un alivio a la angustia de la eterna reiteración.

Hace poco, en la columna teatral publicada los sábados en esta sección, se reprodujo el comentario de un crítico inglés que, a propósito de la hoy triunfal reposición de Esperando a Godot en Londres, hablaba de cómo el prestigio de los intérpretes hacía descontar una calidad indiscutible de puesta en escena, una especie de cómoda certeza de que la obra ya es un clásico que transcurrirá sin grandes asombros. De ahí lo sorprendente de esta nueva versión porteña por Berta Goldenberg y su gente del Anfitrión, colmada de hallazgos transgresores. No es menor, por cierto, que el detestable Pozzo -insólito viajero que de vez en cuando atraviesa el páramo- sea interpretado por una mujer (ya su esclavo, Lucky, fue hecho por Alicia Berdaxagar en la memorable versión de Leonor Manso), y que otras actrices se hagan cargo, alternadamente, de Vladimiro y Estragón, que de a ratos vuelven a ser representados por actores. Estas mutaciones constantes de género (aunque se convenga en que ambos personajes siguen siendo varones) y la vivacidad de las acciones físicas, movidas con eficacia en el espacio por la directora, mantienen en vilo al espectador, devolviéndole a la obra uno de sus rasgos básicos: ser la parodia tragicómica de un viejo film mudo, por mucho que los protagonistas hablen y razonen, a su manera.

Y si bien las interpretaciones no son de uniforme calidad, es visible la intención común de crear un espectáculo original (que no es poco decir) y con profunda indagación de uno de los textos fundamentales en la historia del teatro. Al cabo de ver, a lo largo de medio siglo, tantas versiones de la obra, a este comentarista le queda la curiosa sensación de que en la segunda parte de Esperando a Godot habría una inesperada y misteriosa resonancia de La vida es sueño , de Calderón. No es improbable que Beckett conociera al dramaturgo español de mayor difusión en Europa en el siglo XVII.


22/08/2008 - Marcela FioriteEsperando a Godot

Es gratificante ir al teatro y encontrar que “alguien” (en este caso la directora y el equipo de actores y técnicos) trabajó intensamente, para que una obra tantas veces representada como Esperando a Godot, logre resignificarse.

En esta puesta no hay falsas innovaciones, ni pretensiones de ser original. Primeramente me encontré con una escenografía muy elemental, solo el famoso árbol, que ni siquiera se destaca. Si se destaca, mas tarde, una también elemental luna que de pronto aparece y baja simple y maravillosamente para anunciar la noche.

Este tipo de escenografías se suele emparentar a la falta de recursos de nuestro teatro off de cada día… sin embargo, en este caso parece ser deliberado el uso de muy poco elementos. No hay en esta puesta ningún objeto (más que los mencionados) que intente sugerir un paisaje o dar apoyo a las actores.

La puesta, y eso obviamente es una elección de dirección, se apoya en la fe que le tuvieron al texto y en los actores (hombres y mujeres, si, si, mujeres) que a capa y espada defienden cada palabra durante toda la obra, con algunas fisuras, pocas, que no impiden igualmente encontrar algunos momentos de rara intensidad.

Algunos detalles, cosas sencillas (no los develo, véanla) si bien son recursos usados alguna vez (ya dije que me parece que no buscan ser originales, sino que cada cosa esté en su lugar) funcionan muy bien para simbolizar que Gogo y Didi somos todos, y bien hubiera podido yo salir de mi butaca y sentarme a esperar con ellos, o bien ellos sentarse en la platea cansados de esperar.

Me encantó, personalmente esos vagabundos me llevaron a su mundo, pude sentir el dolor, el olor y la resistencia de sus huesos, me esperancé con ellos, y me sentí sola. Y Finalmente miramos la misma luna… tan de telgopor y tan verdadera a su vez.

La recomiendo con ganas a todos aquellos que no tengan miedo de escuchar a uno que dice “no hay nada que hacer acá” mientras que otro desde atrás, que no se sabe si quiere llorar, reír o evaporarse, le replica a la cara como si nada… “ni en ninguna otra parte”

Ahh!!! El teatro Anfitrión, que no conocía, se las trae eh!! Es muy lindo, y cálido y con muy buena onda.

Felicitaciones.


 
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